Los debates a debate
En la incipiente democracia mexicana está demostrado que los políticos rehúyen a la confrontación de ideas, le sacan la vuelta al debate con un sinfín de artilugios legaloides, aunque permanentemente se estén descalificando a través de declaraciones en los medios masivos de información.
Es sabido que una regla de oro en el marketing político es que el candidato puntero en las encuestas “no debate”, evita estos encuentros propicios para que sus adversarios en la arena electoral le resten puntos, lo hagan ver mal o puedan remontar en los sondeos a sus costillas.
Así vimos que en las pasadas elecciones presidenciales Andrés Manuel López Obrador (PRD-PT-Convergencia) se abstuvo de participar en un debate, lo mismo que ahora, en la contienda interna del PAN Josefina Vázquez Mota –que se presume aventaja en las encuestas-, evita por todos los medios debatir con los otros aspirantes a la candidatura del blanquiazul.
En los últimos días la periodista Carmen Aristegui ha colocado en el centro de la discusión lo que jocosamente ya se ha llamado como “el debate de los debates”: ¿Permite o no la autoridad electoral la celebración de debates entre aspirantes a cargos de elección popular?, esta ha sido la pregunta central de la discusión.
Con tenacidad Aristegui ha obtenido una a una las declaraciones de los distintos actores relacionados con la polémica; Leonardo Valdez, presidente del Instituto Federal Electoral (IFE) ha dicho en entrevista que este organismo responsable de las elecciones en México, no prohíbe a medios de comunicación convocar a debates.
Lo mismo ha expresado la autoridad del Tribunal Federal Electoral, que ha clarificado que la única prohibición en la reciente reforma electoral, es la de contratar espacios en los medios por parte de los partidos políticos para organizar un debate.
Dada esta aclaración, pareciera que no hay pretextos de los precandidatos y posteriores candidatos para acudir a un debate, aunque este no sea organizado por el IFE; también no hay pretextos, para que los medios de información se sientan con la libertad y/o el compromiso de organizar dichos encuentros.
A pesar de reconocer que en México estamos en pañales en el uso de estas prácticas democráticas, hay que decir también que es un problema recurrente en el resto del mundo, como por ejemplo en una potencia como el Reino Unido, pues fue hasta el año pasado que por primera vez se celebró un debate televisado entre los líderes de los partidos más importantes de ese país.
Para llegar a ese debate, los caballerosos ingleses se sumergieron en un farragoso “debate” previo para acordar las reglas que acotarían ese encuentro de ideas. Para nadie es desconocido que Estados Unidos es quizá el único país pionero y creador de una vasta cultura de la confrontación de propuestas entre candidatos, líderes de partidos, sociales, religiosos y quien se deje.
Aunque muchos reconocen en 1960 el año en que se inició la tradición de los debates presidenciales televisados en los Estados Unidos (Nixo vs Kennedy), es pertinente recordar que desde épocas de Abraham Lincoln los políticos norteamericanos ya se fogueaban debatiendo distintos temas, no sólo los electorales.
En nuestro país esta tradición inicia en 1994, en la elección presidencial en la que se enfrentaron Ernesto Zedillo (PRI), Diego Fernández de Cevallos (PAN), Cuauhtémoc Cárdenas (PRD). La importancia de estos ejercicios, y quizá ahí radica la tenacidad aristeguiana para que se celebren, es la posibilidad de evaluar frente a frente a nuestros líderes.
Esa evaluación puede ser tan definitiva, como el hecho de que en ese 1994 quienes vieron el debate por TV dieron por ganador al panista Fernández de Cevallos, lo que catapultó su candidatura al grado de acercarse peligrosamente –para el PRI- al triunfo en esa contienda.
Este será otro ingrediente más a considerar en las elecciones presidenciales que se avecinan en el país. No hay que dejar que pierda terreno la posibilidad de que haya más debates, menos cuadrados y con mayor difusión, pues ahí los candidatos son igualados y salen a relucir sus verdaderas cualidades.
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