Relato de un náufrago
La borrasca informativa semanal vuelve a rebasar la capacidad de asombro; entre montajes televisivos al descubierto y viudas alegres de la nueva era, uno simplemente no encuentra tregua en las noticias que dejan un mal sabor de boca. Apenas un oasis, la celebración de los 85 años de Gabriel García Márquez en la Ciudad de México.
Hay que sacar el paraguas de la literatura para refugiarnos de los nubarrones; en días como hoy más vale aferrarnos a las mangas, a las solapas de los que construyen mejores universos, armados tan sólo de un puñado de letras y la creatividad sin límites.
Para nuestra fortuna Gabriel García Márquez sigue siendo página en blanco, libro en proceso que sigue añadiendo capítulos a su historia. De él se ha escrito casi todo y en esta semana, del mundo entero y no exagero, salieron montones de mariposas amarillas revoloteando de su obra para festejar su aniversario.
Cien Años de Soledad es sin duda la más enunciada; en menor escala, “El Amor en los Tiempos del Cólera”, “El Coronel No Tiene Quien le Escriba”, “Crónica de Una Muerte Anunciada” y más recientemente, “Memorias de mis Putas Tristes” y “Vivir para Contarla”.
Muy pocas veces alcanza notoriedad dentro de las referencias que se hacen a su fertilidad literaria, la catorcena de crónicas que publicó en el diario colombiano El Espectador y que convirtió en libro con el título “Relato de un Náufrago”.
Antes que escritor, Gabo se ha vanagloriado de su origen como reportero, lo que sin duda lo fue forjando en el arte de la descripción como sucedió con otros titanes como Truman Capote o Ernest Hemingway.
Relato de un Náufrago es una clase magistral de periodismo, un modelo de crónica y de reportaje, de novela de no ficción, una cátedra para los diletantes de los géneros periodísticos; además, no se puede desdeñar y aquí subrayo, es una historia que mueve a enderezarnos, a superar adversidades y jamás perder la esperanza.
La publicación seriada de la historia del naufragio del destructor A.R.C. Caldas desató una gran controversia en la Colombia de mediados de la década de los 50; hay que leerla para entenderlo, pero basta decir, que el marino Luis Alejandro Velasco tuvo la humildad para dinamitar su propia efigie, una humildad correspondida por García Márquez, que tenía muy claro que la prensa es el medio y no la noticia: “hay historias que no son de quien las escribe, sino de quien las padece”.
Así que hoy que andamos de alguna manera a la deriva, es un buen pretexto para acercarnos a este texto cuyo valor, dicho por el propio autor, está en los méritos de la historia y la manera de contarla, no en la firma de un escritor de moda.
Ahora que la marea es alta y que los tiburones puntualmente salen a merodear, rescatemos el valor del náufrago que todos llevamos dentro.
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