Ni redentores ni mesías
Nadie en sus cabales se imaginaría que alguien que habla el español con un marcado acento “gringo” podría gobernar un país con profundas raíces indígenas como Bolivia. Sin embargo, en esta Latinoamérica tan surrealista, tan del realismo mágico Garcíamarqueano todo es posible y Gonzalo Sánchez de Lozada (Goni), no gobernó a Bolivia una, sino dos veces.
Nació en la Paz, Bolivia en 1930 sin embargo gran parte de su niñez y juventud la pasó en los Estados Unidos primero porque su padre fue diplomático y luego, porque durante 16 años su familia se convirtió en exiliada política. A su retorno a este país sudamericano, se desarrolló como empresario cinematográfico, petrolero y minero, lo que le hizo alcanzar el estatus de uno de los hombres más acaudalados de su nación.
Para obtener el triunfo en su segunda elección presidencial, Goni se hizo asesorar a costa de millonarios honorarios, del gurú del marketing político contemporáneo James Carville, el mismo al que se le atribuye la exitosa campaña política que hizo ganar a Bill Clinton, la que usó como aforismo: es la economía estúpido.
La historia podría pasar por una de esas simpáticas curiosidades de la región, de no ser porque su segundo ejercicio como Presidente, que sólo duró 14 meses, le costó la vida a cerca de 200 bolivianos en los disturbios sociales que originó su ejercicio en el poder.
Este boliviano con acento agringado, educado en Norteamérica, promotor del neoliberalismo y al mismo tiempo, auspiciador de las excavaciones para dar con el paradero de los restos de Ernesto Che Guevara en el departamento de Santa Cruz de la Sierra, dejó la presidencia en la más absoluta ignominia.
Fue en 2003, luego de su fallido intento por incrementar el impuesto al salario de los trabajadores como medida para recuperar el déficit fiscal nacional, que prácticamente toda la nación se le vino encima, desde las clases económicamente más acomodadas, hasta los gremios de cocacoleros y mineros, incluso algunos sectores militares y agrupaciones policiales. Goni ejemplificó la antesala para la caída de los últimos modelos de políticos redentores tan socorrido en la América Latina.
Es como un mal endémico de los países que constituyen esta región del mundo, porque sus historias están conectadas una y otra vez, con episodios de líderes que acceden al poder valiéndose de su imagen de redentores, de mesías salvadores de la patria. Los costos de estos gobiernos saltan a la vista desde Argentina hasta Venezuela, pasando por Cuba, Chile, Uruguay, Honduras, Guatemala y Panamá.
México fue vacunado de esta bacteria latinoamericana, gracias a la aceitada maquinaria de la dictadura perfecta del PRI, que gobernó el país durante más de 70 años. Durante ese lapso, los presidentes fueron ungidos legalmente como emperadores, aunque siempre también, ese poder absoluto tenía muy clara la fecha de caducidad: 6 años.
Hace unos días, el debate por la recién aprobada reforma política de México sepultó iniciativas torales en la construcción de un nuevo andamiaje de gobierno. Fueron rechazadas por la mayoría priísta y panista en la Cámara, las iniciativas para reelegir a los legisladores y también a los presidentes municipales, como también, inundadas de transitorios, estas reformas delimitaron el intento de los ciudadanos por participar en las elecciones sin el aval de los partidos políticos.
En una entrevista de radio concedida a la Tercera Emisión de W-Radio, el expresidente Carlos Salinas de Gortari justificó la postura de los legisladores tricolores, esgrimiendo como principal argumento que en este país, el tema de la reelección es una cosa juzgada desde los tiempos de la Revolución Mexicana, es un tema tabú e intocable.
En la entrevista que le realizó Salvador Camarena (@SalCamarena) Salinas afirmó que el tema de la reelección de diputados, pasa más por un asunto de rendición de cuentas, por lo que más que ampliar los plazos de sus ejercicios, se deben buscar mecanismos para fiscalizarles.
Si bien es cierto que en México no hemos sido alcanzados por el mesianismo de políticos como Goni o Hugo Chávez, también es cierto que la dictadura perfecta no ha sido rota, en todo caso, fue sustituida por un nuevo dictador: los partidos políticos.
Secuestrada nuestra democracia, sin posibilidad de evaluar el desempeño de nuestros gobernantes en la arena electoral, creo que nadie podría discutir que nuestros partidos políticos apestan a redención, un hedor que hace algunos años ha comenzado a incomodar a una sociedad harta de un discurso político, casi tan incompresible como cuando un gringo intenta hablar el español.
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