El muro de la memoria
Es elocuente, testarudo, necio. Sus argumentos por momentos llegan a ser convincentes y no puede evitar los exabruptos ante la crítica; se enciende, es reactivo, contrataca. Cuando se cuestiona la estrategia que sigue contra la delincuencia organizada, Felipe Calderón Hinojosa, presidente de México, se convierte en un volcán.
Hace unos días durante un discurso oficial, fue interrumpido por los gritos de un empresario que exigía un viraje presidencial en su combate al narcotráfico; Calderón, como es una constante cada vez que se le cuestiona, respondió autoritario, molesto, como lo hizo a Javier Sicilia y otros activistas en las reuniones de evaluación que ha tenido con familiares de las víctimas de la llamada “guerra” calderonista.
En estos días el periódico español El País ha lanzado una singular convocatoria a las familias de quienes murieron a consecuencia del terrorismo desatado por ETA; esta iniciativa ha sido denominada “El Muro de la Memoria” y trata de acopiar fotografías de los victimados, para la elaboración de un collage del dolor.
A través de la cuenta de correo participacion@elpais.es amigos y familiares de los caídos en los atentados perpetrados por ETA, hacen llegar imágenes de sus muertos, que se van sumando al muro que el influyente diario ibérico está construyendo.
La cifra oficial reconocida por el gobierno español es de 829 víctimas, aunque el balance de los historiadores es de muchas más; uno a uno, sus rostros se han ido conjuntando en esta pared digital que puede consultarse en el portal del periódico y que ofrece la opción de agruparse por fecha de los asesinatos, por lugar de los atentados y por profesión de los abatidos.
Hay civiles, políticos, policías, militares, guardias civiles y otros perfiles de este espacio de luto nacional, como el caso de Bergoña Urroz, una niña de 22 meses de edad que murió en 1960 como resultado de una explosión en una estación de ferrocarril en Amara, Guipúzcoa (situada en el extremo este del mar Cantábrico), y que décadas después, se descubrió como el primer atentado mortal perpetrado por ETA.
Ante el alud de cifras en que suele resumir el diarismo a estas tragedias, se impone personalizar los acontecimientos, devolver dignidad a los abatidos, un poco de respeto a sus deudos y dosis de conciencia a quienes tenemos la gracia de ser espectadores. La memoria es el camino más propicio para lograrlo.
Por eso no es un pecado desconocer la cifra de muertes y “daños colaterales” que el combate a los cárteles de la droga ha dejado por todo México; tampoco se busca rechazar a rajatabla la decisión presidencial de poner fin al predominio de la delincuencia organizada; lo que se pide, lo que se quiere es una estrategia más humanizada, donde los caídos no sean catalogados como “daños colaterales” y donde los costos morales no sean tan elevados.
Aunque ya hay esfuerzos de organizaciones civiles por devolverle el rostro a quienes han muerto, producto de los enfrentamientos entre cárteles, con el ejército y policías, mantenemos una deuda con todos ellos. Es tiempo de comenzar en México a levantar nuestro propio muro de la memoria para darle un poco de sentido a este exterminio.
Versales.- La testarudez, necedad y reactividad irreflexiva históricamente se ha revertido a quienes la enarbolan. No es necesario esperar mucho tiempo para ver los costos de esa manera primitiva de hacer la política.
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