AÑO 6 VOLUMEN 2473
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DESDE HUATUSCO

Roberto García Justo

UN ADIOS PARA EL  2011

 

CON EL AGRADECIMIENTO de habernos cobijado durante trescientos sesenta y seis días. Sin que los segundos se hayan desperdiciado, en esta imaginaria rueda de la fortuna donde unos se martirizan, otros disfrutan,  bien o mal ya estamos del otro lado de la cuenta regresiva. No hay que ofendernos de los momentos difíciles que complicaron las buenas intenciones, por mucho que el sufrimiento atropellara el sentir noble y sincero. Siempre la recompensa viene al final, colmada  de increíbles sorpresas, listas para que con serenidad nos atrevamos a complacernos. No importa que tan grande o pequeña sea. El secreto reside en la importancia que le demos.

 

   La nostalgia puede ser una buena respuesta cuando los momentos pasados fueron esencialmente halagadores y repetitivos. En ese trance no se puede evitar que pongamos un esfuerzo extra para que suceda lo que a nuestro juicio nos proporcionó muchos éxitos, aunado al placer de sentir esa extraña sensación de felicidad. Por esa razón, no debemos olvidar que la prosperidad es una rara combinación del bien y del mal. Cuando estos se equilibran en la práctica los resultados surgen a la vista, es ahí donde apreciamos la delicia de la vida.  Pero, caso contrario,  si la balanza se inclina por donde se le haya abierto el camino,  es inquietante lo que engendra. Lo recomendable es mantenerse en el punto exacto.

 

Quizá el saldo de hechos lamentables no sea lo deseable  para los Huatusqueños. Pero  lo destacado son las demostraciones de amor y respeto a la familia, al trabajo  a la tierra y a ese gran guía espiritual que se le conoce como San Antonio de Padua así también al milenario cerrito de la virgen de Guadalupe.  Por esa sencilla razón, me permito citar una parte pequeña de una obra literaria del Tixtleco Ignacio Manuel Altamirano. Algo de lo que dejó plasmado en una de sus bien documentadas novelas que tituló “El Zarco”.  Y que si bien nos fijamos, hay mucha relación entre pasado y presente. 

 

“Apenas acababa de ponerse el sol, un día de agosto de 1861, y ya el pueblo de Yautepec parecía estar envuelto en las sombras de la noche.  Tal era el silencio que reinaba en él. Los vecinos que regularmente en estas bellas horas de la tarde, después de concluir sus tareas diarias, acostumbraban siempre salir a respirar el ambiente fresco de las calles, o a tomar un baño en las pozas y remansos del río o a discurrir por la plaza o por las huertas, en busca de solaz, hoy no se atrevían a traspasar los dinteles de su casa, y por el contrario, antes de que sonaran en el campanario de la parroquia el toque de oración, hacían sus provisiones de prisa y se encerraban en sus casas, como si hubiera epidemia, palpitando de terror  a cada ruido que oían.

 

Y es que a esas horas, en aquel tiempo calamitoso, comenzaba para los pueblos en que no había una fuerte guarnición, el peligro de un asalto de bandidos con los horrores consiguientes de matanza, raptos, de incendio y de exterminio. Los bandidos de la tierra caliente eran sobre todo crueles. Por horrenda e innecesaria que fuere una crueldad, la cometían por instinto, por brutalidad, por el solo deseo de aumentar el terror entre las gentes y divertirse con él.

 

El carácter de aquellos plateados (tal era el nombre que se daba a los bandidos de esa época) fue una cosa extraordinaria y excepcional, una explosión de vicio, de crueldad y de infamia que no se había visto jamás en México”.

 

LAS PRIMERAS LUCES de 2012 asomaron en un día domingo. A nadie se puede responsabilizar por su inhabilidad, solo que por ese detalle el puente no se prolongó como en otros años.  Lo destacado de esta fecha inolvidable es la dedicación de los cafeticultores que atienden sus obligaciones de cosechar el grano para recibir la recompensa por su dedicación a la finca.  Estamos en la parte  alta de la producción, las matas lucen rojas por el color de la cereza. Otra parte reverdece y por lógica,  crece el optimismo para la gente que con devoción le apuesta al campo, con todas las calamidades que representa.  

 

Y COMO es la época de buenos deseos, va mi agradecimiento a los periodistas, Alfredo Ríos Hernández y José de Jesús Algarín a quienes reconozco y respeto. Al maestro Norberto Espinoza Domínguez, haciéndolo extensivo a su familia. A mi amigo Melquiades Arroyo, que radica en la comunidad de la Patrona. Le pido que no pierda la fe en estos instantes de incertidumbre. Lo mismo para los Castro Toss y los Pitol García. De todo corazón les ofrezco rezar una oración para que dentro de todo fortalezcan su espíritu. A los lectores de esta aportación semanal, un fuerte abrazo y mucha salud para que al menos nos comuniquemos. gajustoro@hotmail.com

 

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